Algoritmos
preexperienciales
A lo largo de esta exploración, una idea ha acompañado silenciosamente cada uno de sus giros: aquello que denominamos «experiencia» no es el descubrimiento de la realidad, sino la confirmación progresiva de un código que ya existe. Nuestras percepciones, acciones, vínculos y dependencias no son tanto productos de nuestra libertad como efectos estabilizadores de un programa perceptivo inscrito mucho antes que nosotros. Aquello que la psicoóptica denomina «algoritmo preexperiencial» es esa estructura invisible que precede a la elección, anticipa la acción y produce una sensación de continuidad psicológica que, con frecuencia, se confunde con la identidad. Sin embargo, dentro de esta arquitectura existe una predicción que se distingue de todas las demás. Una predicción que planea sobre nosotros desde la infancia como una certeza indiscutible. Una predicción que organiza silenciosamente el valor del tiempo, la angustia de la ausencia, el deseo de dejar una huella y el miedo a ser olvidados.
La muerte.
¿Y si la muerte fuera el código original, el código del que todos los demás no serían más que subrutinas de adaptación, distracción y negociación? ¿Y si lo que nos asusta no fuera la experiencia del final, sino su anticipación, recibida demasiado pronto, a una edad demasiado temprana y de una manera demasiado brutal, como una verdad absoluta? El niño que descubre que algún día morirá inscribe una cuenta atrás dentro de su arquitectura mental. No la elige. La hereda. Todo lo que viene después —la búsqueda de sentido, amor, poder y legado— podría interpretarse entonces como un inmenso bucle destinado a confirmar esta predicción inicial. Pero formulemos una última pregunta.
¿Y si no supiéramos que vamos a morir…** **…viviríamos para siempre?